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Costumbres Perdidas

A don Jorge Abdalá Dabdoub

De pequeño viví en una comunidad minero-rural, en Acacio, Durango. Se encuentra a la mitad de la ruta de ferrocarril que une a la Ciudad de México con Ciudad Juárez. Está en el municipio duranguense de San Juan de Guadalupe, que colinda con el municipio de Viesca, Coahuila.

En esta pequeña comunidad no había energía eléctrica, ni agua potable. Las paredes de las casas eran de adobe de un grueso entre 30 centímetros y hasta medio metro. Los pobladores de estas regiones semiáridas construían los techos de las habitaciones con vigas redondas de madera y una “cama” de garrochas de lechuguilla, o de varas de ocotillo o de quiotes —que son la inflorescencia del maguey—, para terminar con una capa de lodo. De esta manera, aunque en el invierno el frío calaba hasta los huesos y los depósitos donde almacenábamos el agua y los charcos amanecían con una capa de hielo, las casas estaban calientitas. Estos materiales utilizados para la construcción de las casas-habitación se han perdido.

Otra de las antiguas prácticas perdidas es la crianza de guajolotes para cocinarlos en las fiestas decembrinas. Mi mamá Manuela Vélez y mi abuela paterna Eloísa Cuevas los criaban durante meses. Ya para la Navidad estaban listas para preparar el platillo favorito, además de los tamales con carne de venado y de jabalí.

Los días anteriores para sacrificar el guajolote lo alimentaban de puros granos y semillas, entre ellos nueces. No les daban casi agua y en la víspera de Navidad, ya sediento el guajolote sólo le daban de tomar sotol semidiluido en agua. Moría borracho el guajolote. Al cabo de unas horas lo estaban cocinando en la estufa de leña, de fierro vaciado.

De esta manera no había necesidad de inyectarlo con vino blanco como en nuestros días. Ahora los pavos se compran congelados en los supermercados. Muchos niños ni siquiera se imaginan cómo son. Tal vez ni saben que hay que criarlos durante meses; hasta creo que suponen que “nacen” en las Sorianas o en los Walmart.

Lo más grave es que a medida que avanza el siglo 21 perdemos más y más nuestras costumbres y tradiciones, tan necesarias para hacer frente a este mundo exageradamente individualista y neoliberal, que es difícil que pare, como bien lo describe Belén Gopegui: “El capitalismo nunca podrá poner el piloto automático. Nunca podrá pisar el acelerador y luego levantar el pie y esperar que la velocidad se mantenga. No podrá explotar un rato y luego vivir de las rentas de esa explotación. No podrá acumular y sentarse a ver pasar el cadáver de su enemigo, porque el capitalismo necesita que su enemigo viva y trabaje para él, y más aún, el capitalismo es también su enemigo, sin él no podría existir”.

En este mundo todo se mercantiliza: la educación, la familia,… hasta las religiones, y no se diga la política. Sin embargo, todavía hay esperanza de rescatar las cosas que perduran y nos hacen ser más humanos. En estos días de celebraciones de la Navidad en el mundo católico y del Año Nuevo 2013 (según mi hija que trabaja en China, allá el Año Nuevo Chino no corresponde con el nuestro) hay familias que se organizan para pasarla juntos, y desde días antes elaboran los platillos para celebrar.

Una amiga preparó para Navidad pavo, pierna de puerco, romeritos, pasta, papas horneadas y ponche. Sus hijas hornearon pasteles y galletas. Estaba muy contenta porque todos se reunieron en torno a la mesa familiar: sus hijos, sus yernos, su nuera, sus nietos y su único bisnieto. Al día siguiente todavía fueron al recalentado. Se la pasaron en familia, nunca compran la comida, porque es parte de la convivencia. Ahora ya en muchas casas encargan la comida para la cena.

Cocinar para recibir a la familia en estas fechas es una gran satisfacción, genera cohesión familiar y fortalece las relaciones de amistad que perduran durante toda la vida. A pesar que vivimos en un mundo de incertidumbre y de riesgos, estos los podemos afrontar a partir de los clanes familiares y de amigos.

Frente a las fuerzas financieras y económicas globalizadoras que dictan las políticas a los diferentes gobiernos del planeta, los ciudadanos tenemos a nuestras familias y a las redes de amistades.

Necesitamos ser ciudadanos sensibles a la vulnerabilidad de los demás, para retomar el camino que nos haga más humanos, y así rescatar las costumbres perdidas.

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