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19Noviembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Ahora que el PRI ha vuelto a Los Pinos con el irrefutable triunfo de Enrique Peña Nieto, han surgido voces que hablan de la “vuelta del viejo PRI”, con todo y su autoritarismo gubernamental, asociado a aquellas etapas cuando prevaleció, hegemónica e incontestable, la figura presidencial en la cúspide del poder político nacional. Fueron aquellas épocas en las que la voluntad presidencial se imponía no sólo en el área propia del Ejecutivo, sino sobre los otros Poderes de la Unión, en los estados de la República y aún en el destino de los municipios. En la larga era en que nuestro país prevaleció el presidencialismo hubo épocas en que, al excederse, rayó en un “presidencialismo exacerbado”. 

Nuestro sistema político se estableció desde la primera Constitución, la de 1824, por cuyo mandato se creó una República federal, representativa y popular, cuyos poderes se distribuyeron en tres ramas: legislativa, ejecutiva y judicial. El Ejecutivo, unipersonal, fue asignado al Presidente de la República. Ratificado nuestro sistema presidencial por las constituciones de 1857 y de 1917, está próximo a cumplir ¡189 años!

A lo largo de ese período, el ejercicio del poder presidencial se ha caracterizado por sus vaivenes cíclicos. A veces el Poder Ejecutivo se ha ejercido con moderación, otras de manera exacerbada y no han faltado presidentes “institucionales” que se han desempeñado con respeto absoluto a los principios de la división de poderes y del federalismo. Si quisiéramos ejemplificar a algunos representantes de tales categorías podríamos mencionar, entre los moderados, a Ernesto Zedillo, entre los exacerbados, a Porfirio Díaz y entre los “institucionales” a Miguel de la Madrid.

La alternancia partidista en la Presidencia de la República del año 2000, abrió amplias expectativas sobre la cancelación definitiva del presidencialismo, las que si bien no se cumplieron, sí hay que reconocer que en los dos últimos sexenios los poderes Legislativo y Judicial recuperaron buena parte de su soberanía y que el nuevo equilibrio de las fuerzas políticas obligó al Ejecutivo a autoacotar parte de aquellas facultades meta constitucionales de que gozaba en los tiempos del presidencialismo. 

En nuestro país la democracia se ha ido perfeccionando a lo largo de un prolongado proceso no exento de dificultades y con un alto costo financiero. En este proceso destacan el voto a las mujeres; la separación de la institución electoral del gobierno; su ciudadanización; la formación, políticamente, de un sistema cada vez más abierto y plural; la creación del Tribunal Federal Electoral y sus homólogos a nivel de cada uno de los estados de la República, etcétera. 

Este proceso de democratización ha logrado penetrar en la mayoría de la conciencia ciudadana, la que cada vez confía más en los procesos electorales, cada vez está más consciente de sus derechos y más pendiente de la actuación de las instituciones de gobierno a través de la transparencia y de la rendición de cuentas. Así las cosas, esta concientización ciudadana está suficientemente madura como para no aceptar de manera alguna la vuelta a un presidencialismo depredador de los principios del federalismo y de la división de poderes. 

Por otra parte, el Presidente Peña Nieto está muy consciente de este cambio ciudadano lo que, aunado a su madurez política jamás pensará en sobrepasarse en el ejercicio de sus funciones. 

La cuestión es que ahora, más que nunca, se requiere de un Poder Ejecutivo fuerte, decidido a asumir la responsabilidad de conducir a la nación hacia mayores niveles de desarrollo y bienestar, para lo cual el Presidente habrá qué asumir un liderazgo cada vez más influyente en la promoción económica. Está comprobado que el pueblo ya no resistirá un sexenio más de gobiernos pasivos y marginados ante los problemas socioeconómicos, lo que ha provocado estancamiento, pobreza y desigualdad. 

Un nuevo presidencialismo habrá de partir de la responsabilidad de reasumir la rectoría económica de la nación, gobernando con talento y ponderación, negociando su liderazgo dentro del mismo gobierno, con todos los sectores de la sociedad y con todas las fuerzas políticas del país. 

¡Feliz Año Nuevo!



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