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21Agosto2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Un misterio, una pregunta eterna nos angustia desde el inicio de los tiempos: ¿Hay vida después de la muerte?. La discusión y búsqueda de las respuestas han sido también eternas. Para los hombres de fe, hay vida después de la muerte y existen miles de testimonios de personas que tras sufrir muerte temporal, confirman que existe el más allá. Los escépticos por su parte, aseguran que después de la muerte solo esta la nada, también eterna. Para los científicos se trata solo de fantasías producidas por el cerebro bajo estrés extremo; el Dr. Eben Alexander era uno de ellos. Graduado en la Universidad de Duke con una especialidad en neurociencias, es profesor en la Escuela de Medicina de Harvard, autor de más de 150 artículos científicos y más de 200 conferencias impartidas alrededor del mundo.

Pero para él todo cambió en Noviembre de 2008 cuando un extraño caso de meningitis y encefalitis bacteriana lo ataco con virulencia provocándole un coma. Tuvo que ser conectado a un ventilador que le daba vida artificial y la parte del cerebro que controla el pensamiento, emoción, y que en esencia nos hace humanos se apagó por completo. Los médicos pronosticaron daño cerebral permanente y casi nulas probabilidades de vida, pero en un milagro para la medicina, despertó al séptimo día para contar una historia increíble, una fantástica odisea que documentó en su libro “La Prueba del Cielo: El Viaje de un neurocirujano en el Más Allá”, en donde ofrece sus claves para la comprensión de la realidad y la conciencia humana. La experiencia la resume en que “Dios estaba allí, como una presencia enorme de amor. Después de la muerte una hermosa luz giratoria blanca y música hermosa que da pie a un valle brillante. Un valle verde de flores florecientes y riqueza increíble; un mundo de complejidad indescriptible”.

¿Pero es su historia real o se trató de un sueño o una alucinación?. Su única prueba, es su experiencia empírica, “La Prueba del Cielo” que desafía toda explicación científica posible. Por el otro lado, aunque no existe una explicación al hecho de que las neuronas de su corteza cerebral, responsables de la conciencia, pensamiento, imaginación, percepción y juicio estaban sin funcionamiento, la ciencia refutó la historia por no ser fiel al método científico y la calificó como producto de alteraciones en su estado a causa de los fármacos o por haberla imaginado en los momentos en que regresaba al estado consciente. 

Pero quizás, y solo quizás, el verdadero milagro de la historia es otro. Acaso mientras el cuerpo del Dr. Eben Alexander estaba en coma, viajó más allá de la existencia en este mundo para encontrarse con un ser celestial que lo guió en los más profundos terrenos. Allí conoció el origen del universo, una especie de fuente del conocimiento mucho más rico, libre e independiente. Algo fuera de las fronteras físicas de este mundo y que abarca la mente y la eternidad de nuestras almas. Algo que explica que nuestra conciencia, alma, y espíritu, no dependen de la existencia del cerebro en el universo físico que hasta hoy conocemos. Algo, un lugar después de la muerte en donde hay vida y Dios existe.

¿Pero quién tiene la razón: La ciencia o la fe?. Hace más de 500 años, una de las mentes más brillantes de la historia, el cientifico francés Blas Pascal dijo: “Prefiero equivocarme creyendo en un dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo”. Muchos años despues Albert Einstein aseveró: “No creo en un Dios personal y nunca lo he negado. Usted cree en un Dios que juega a los dados, y yo, en la ley y el orden absolutos en un mundo que existe objetivamente”.

Yo en lo personal elijo el punto de vista agnóstico, pues aunque no podemos afirmar si existe vida después de la muerte y si Dios existe, tampoco disponemos de evidencia para negarlo. Parafraseando al Maestro Jorge Luis Borges, “No podría definirme como ateo, porque declararme así corresponde a una certidumbre que no poseo”.



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