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Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Domingo, 14 de Octubre de 2012 20:59

La Lengua Castellana

por  Eliseo Mendoza Berrueto
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El pasado 12, “Día de la Raza”, rememora la fecha en que Cristóbal Colón pisara tierras que años después se bautizarían como americanas, en honor del navegante italiano- español, Américo Vespucio, cuyas cartas de viaje sirvieron para que un cartógrafo alemán, Martin Waldseemuller, publicara un libro “Cuatro Viajes de Amerigo Vespucci”, lo que diera lugar a que al nuevo continente se le diera, fortuita y quizá injustamente, el nombre de “América”.

Esa misma fecha ha sido señalada también como “Día de la Lengua Española”, ya que el 12 de octubre de 1492, es la data simbólica en que se inicia el largo, penoso y fulgurante proceso de entronización, en el Nuevo Mundo, de una nueva cultura, con su bagaje lingüístico, religioso, político y social. 
El español es una lengua romance, derivada del latín, como el italiano, el francés, el rumano y el portugués, muestra indeleble de la grandeza trascendental del imperio romano. El castellano surge como lengua cuando estaba por concluir el primer milenio de la era cristiana. Hace unos 20 años se celebraba precisamente su primer milenio. 
Cuando los españoles llegan a estas tierras, el castellano, como lengua, andaba cumpliendo sus primeros 500 años y fue nada menos que don Miguel de Cervantes Saavedra quien con su obra “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, publicada en 1605, editada por Don Juan de la Cuesta, quien le dio al español carta de autenticidad definitiva. Cervantes, al decir de Vargas Llosa “revolucionó las formas narrativas de su tiempo y sentó las bases sobre las que nacería la novela moderna”.
La historia de las lenguas –escribí alguna vez–, fantásticas y mágicas, no son otra cosa que la historia de los pueblos que las crearon, de su evolución, apogeo y declinación. El arameo que hablaba Jesucristo de Galilea dejó de hablarse cuando desapareció su pueblo. Y es que la historia de cada sociedad es como un nudo inextricable donde se enlazan –con su leyenda– su lengua, su religión y todas las expresiones de la cultura que haya sido capaz de crear el pueblo. 
Algunos filólogos, al estudiar el origen de todas las lenguas, reconocen como tal al indoeuropeo que se habló quizá hace unos siete mil años, en alguna zona de Europa Central, según Antonio Alatorre, reconocido lingüista mexicano y antiguo compañero mío en el Colegio de México. Como remota raíz de nuestro idioma, el indoeuropeo devino en itálico- latín, luego en latín vulgar de donde se desprendieron las lenguas romances anotadas arriba. 
En cada etapa de su devenir, los pueblos tienen su lengua y sus cronistas, historiadores, escritores y poetas. Ocho siglos antes de Cristo, Homero cantó en la Ilíada la epopeya de Troya y, en la Odisea, su reconstrucción. Virgilio, al término de la época pre cristiana, cantó al campo, a la serenidad y a la armonía. 
La etapa de los visigodos acabó con el dominio romano en la península ibérica allá por el siglo V. Un poema de Fernán González cuenta la adopción del cristianismo romano por los visigodos. Luego los árabes llegaron por Gibraltar, apabullaron a los godos y dominaron la península por más de ocho siglos y la cultura islámica se adueñó del espíritu de los ibéricos. 
Con los años, Cervantes, Góngora y Lope de Vega habrían rememorado, aún con nostalgia, al pueblo que en plena edad media habían fecundado la ciencia y la filosofía y habían mostrado “un tenaz gusto por las cosas buenas de la vida, los trajes hermosos, la rica comida, la música y las diversiones”. 
La impronta de la lengua árabe en el español es irrefutable, se prolonga hasta nuestro tiempos como testimonio duradero de esa convivencia de siglos. Fernando III había ya reconquistado Córdoba, Murcia y Sevilla y, finalmente, en 1492, cuando Colón va al encuentro de la inmortalidad, capitula Granada con su fortaleza bermeja, que eso quiere decir Alhambra. 
Una oleada de entusiasmo recorrió los territorios ya independientes y un coro de poetas cantó el triunfo de los reinos de Castilla y Aragón, de Isabel y de Fernando. 
Y en Ávila, no por un principio de equidad de género sino como estrategia político-militar, se levantó un trono doble en cuyo capitel se inscribió: “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”.

Ultima modificacion el Domingo, 14 de Octubre de 2012 23:53
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