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23Junio2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Salvador Hérnandez Vélez

Los coahuilenses, y los laguneros en particular, sentimos gran orgullo porque nuestra Selección Mexicana de Futbol ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres. México nunca había ganado un campeonato de balompié en las olimpiadas. Tampoco había participado un jugador oriundo de Torreón, mucho menos de una comunidad rural. Oribe Peralta es del ejido La Partida, perteneciente a Torreón.

“El Cepillo” o “El Horrible Peralta”, como le llama la afición, se apasionó por el futbol en los llanos de La Partida. Como lo cita Juan Villoro en su libro “Dios es Redondo”: “La pelota reclama afecto. Si es pateada con pasión, el tiro acabará en las redes. Si es pateada con angustia o despecho, acabará junto a un vendedor de cervezas” (http://pueblaonline.com.mx/entre-libros/?p=71).

Cuentan sus amigos que Oribe siempre traía los chuts puestos por si se ofrecía una “cascarita”. Este joven viene de una familia con un gran espíritu y una voluntad a toda prueba para salir adelante y superar sus limitantes económicos. Peralta empezó a jugar sin entrenador profesional, por puro instinto y gusto, hasta que pudo ingresar a un club de futbol. En La Laguna no hay escuelas oficiales o programas públicos para orientar y formar a los jóvenes con capacidades y habilidades para el deporte.

Esta situación me recuerda la opinión de un ingeniero danés que conocí cuando hice mis prácticas profesionales en la planta de Cementos Mexicanos ubicada en Torreón. Un día me comentó que había platicado con los obreros que “entrenaban” futbol en la cancha de la empresa. Les preguntó ¿qué hacían? Le contestaron que entrenaban porque participaban en una liga de futbol del sindicato. Inmediatamente le surgió la pregunta de rigor ¿Quién los entrena? Señalaron a uno de sus compañeros y el ingeniero Bill le preguntó al “entrenador” ¿en qué escuela estudiaste? No entendió al principio la pregunta, ¿cómo que en qué escuela? Bill reviró ¿en qué escuela estudiaste para ser entrenador? Con sorpresa contestó que en ninguna, puesto que no existen escuelas de entrenamiento. El ingeniero danés no se amilanó y prosiguió ¿Y quién es el árbitro? Cuando se lo indicaron, acudió para seguir con su indagatorio ¿en qué escuela te capacitaste? “Aquí, jugando”, contestó. Y Bill, sin dar crédito, le solicitó el manual de las reglas del juego. El árbitro argumentó no tenerlas por escrito, pero que se las sabía de memoria. Sin entender qué pasaba, el ingeniero danés volvió con su embestida: ¿y si alguien se lesiona, quién los atiende? “Aquel nos soba” ¿Cómo que los ‘soba’? “Sí, él nos revisa y nos da masaje: Él es el sobador” ¿Y en qué escuela estudió para ser sobador?, preguntó Bill, pensando que “sobador” era una especialidad médica, según le daba a entender su español (por cierto, la séptima lengua que dominaba). Después de este acercamiento, Bill concluyó: “Ustedes no juegan futbol, patean el balón”.

Por fortuna, “El Cepillo Peralta” aprendió a jugar futbol, no a patear el balón, y dejó de ser jugador de barrio para ser de los grandes. Aquí cabe la pregunta ¿qué fuerza mueve a jóvenes como él, en La Laguna, para actuar con agallas? ¿Qué motiva a un joven, hijo de una familia de una comunidad rural, a emprender estas acciones hasta el límite de sus capacidades? Hay muchos motivos, sin duda entre ellos, la necesidad y el afán de salir adelante. Estos motivos tampoco se presentan solos, siempre concurren combinados. Claro que no es el caso de los jóvenes de aquellos países donde las actividades deportivas son apoyadas por políticas públicas desde la infancia, con entrenamiento de los mejores profesionales, con competencias previas y regímenes alimenticios adecuados.

¿Qué barreras físicas, culturales, políticas, familiares tuvo que superar Oribe para realizar la hazaña de meter dos goles en una final de futbol? Sólo unos pocos, en estas sociedades de la incertidumbre, son capaces de saltar por encima de tantos obstáculos. Cambiar dichas condiciones es una necesidad. Aunque es posible que emerjan otros Oribes Peralta, se requiere que la sociedad y el estado impulsen políticas públicas que apoyen a los potenciales talentos, si no, éstos se quedarán en el camino, atorados por tantas condiciones adversas producto de su entorno social. Es un orgullo saber que Peralta fue del barrio a Londres, ojalá haya muchos otros como él.

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