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29Mayo2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

Cuando en los años sesenta el equipo de campaña del senador John F. Kennedy se percató de que, a pesar del innegable carisma de su candidato, las mediciones arrojaban datos de que su contrincante, Richard M. Nixon, mantenía una ventaja que no podían remontar exaltando las virtudes y merecimientos del candidato propio, decidieron que tendrían que acudir a otros métodos para detenerlo.

Denuestos, injurias y hasta difamación fueron los ingredientes de la primera expresión mediática de lo que después se conoció como “campañas sucias”, que se coronaron con otro evento histórico: el primer debate televisado, en el que la ruda apariencia y el tosco comportamiento del candidato Nixon, frente a la prestancia y pulcra presencia del senador Kennedy, en mucho contribuyeron a la derrota del candidato que en un principio se perfilaba como ganador.

Hoy, esos primeros escarceos del empleo de una mercadotecnia política negativa han depurado sus métodos y cuentan, además, con sofisticados recursos técnicos que, bien empleados, provocan el efecto que ya Sartori devela en su “Homo Videns”, pero que Vance Packard había vislumbrado hace más de medio siglo en su estudio sobre los “Persuasores Ocultos”.

En México acabamos de pasar por un periodo electoral en el que, más que las propuestas propias, las campañas descansaron en descalificar, no sólo las del opositor más aventajado, sino al candidato mismo, despertando reacciones de virulenta aversión en su contra a partir de argumentos no del todo correctos retóricamente. Las campañas sucias campearon por sus fueros, y lo hicieron de modo que mucho recuerda los métodos elementales de prevalencia que privan entre otras especies del reino animal.

Luis Arroyo, un exitoso estratega político español que ha sido asesor del Banco Mundial y de candidatos y gobiernos, fue entrevistado hace no mucho por el diario catalán “La Vanguardia”. Dijo entonces, entre otras cosas, lo siguiente: “La política es la protección de los nuestros y el dominio sobre el adversario…Y el macho alfa humano trabaja en un debate electoral como el alfa de los lobos con su manada” (http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120629/54318791488/la-contra-luis-arroyo.html).

Curiosa evocación es esa de la misma metáfora que empleara de Hobbes al referirse al hombre antes de que evolucionara hacia los estadios de civilización que lo distinguen –o debieran distinguirlo- como ser propiamente humano; es por eso, dice también, que “…la victoria y el dominio producen la misma química. Y el macho alfa humano trabaja en un debate electoral como el alfa de los lobos con su manada”.

Se le preguntó: “La opinión pública ¿es siempre previsiblemente estúpida?” La respuesta fue: “Optamos por lo que los psicólogos llaman atajos heurísticos: si me lo dice alguien en quien confío, me lo creo; si me lo dice este político que a mí me gusta, me lo creo”. Por eso afirma que, si aplicamos un concepto de “racionalidad limitada”, la política es más emotiva que racional, y nos cuesta mucho cambiar de opinión: “hay estudios sobre eso: cuando reúnes a los que creen que Obama no nació en Estados Unidos (una cuarta parte de la población) y les muestras todas las pruebas de que nació en Hawái, salen más convencidos todavía de que nació en Kenia. Cuanto más informados, más polarizados”. ¿Hay algo que, en la realidad del momento mexicano se parezca a ese escenario?

Afirma también Arroyo: “Seguimos manteniendo el mito de la Ilustración de un ser humano frío que espera ver para creer. Es al contrario: el ser humano primero cree y luego ve”. Tendría razón si sólo a los impulsos atávicos nos atuviéramos, pero tantos milenios de evolución cívica como ha experimentado el género humano, debieran haber hecho que se domeñaran los primitivos instintos y dado en formas mejores de condicionamiento para las reacciones en las contiendas políticas o de cualquier otro tipo.

Aparentemente no es así, pero en nuestras manos está cultivar la razón y el conocimiento, para que no se impongan las emociones en los terrenos donde no cabe su papel protagónico.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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