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28Marzo2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

 

Hay un tema que, incluso en medio de las célebres campañas políticas, continúa revoloteando, como pidiendo ser abordado, sin siquiera ser apenas tomado en cuenta: el de la educación cívica y la cultura, entendida esta última como modo colectivo de vida y no como producto refinado de las artes.

Con ese motivo, en la semana que concluye se dio un interesante diálogo, que fue a la postre aderezado con una participación de un joven inteligente y participativo, alumno de la Facultad de Jurisprudencia de la U. A. de C.

Todo empezó a causa de un párrafo extraído de una entrevista a Guillermo de Hoyos, un ex jesuita colombiano, que opinó lo siguiente:

"La filosofía tiene una participación política básica, sobre todo en procesos de formación ciudadana, en las escuelas, las universidades, el espacio público. No se debe minusvalorar o silenciar la filosofía porque se elimina uno de los aspectos más importantes del pensamiento crítico y utópico. Infortunadamente…se está imponiendo una idea diferente de formación ciudadana, buscando solo la preparación para el trabajo, la productividad y la competitividad…Se privilegia un tipo de investigación que olvida las ciencias sociales y las humanidades, con lo cual se debilita y se marchita la democracia".

Al comentar la entrevista y mi opinión en el sentido de que lo rescatable de ella es la carencia de sentido humanísticamente crítico en las políticas educativas, sobre todo en la educación superior, el profesor Emilio Suñé, de la Universidad Complutense añadió lo siguiente:

“Qué duda cabe que la Educación con mayúscula es mucho más que la formación técnica imprescindible para que el ‘engranaje’ económico funcione. Es formación en la virtud cívica, o sea Paideia; profundidad en los niveles de análisis, a ser posible hasta llegar al "segundo o tercer nivel" característicos de la Filosofía; es crítica en el sentido más genuino de enseñar a pensar y fomentar el ‘sapere aude’ con todas sus consecuencias. Qué duda cabe que es formar ‘motores’ de renovación social, mucho más allá de la anodina y sumisa ‘cultura de engranaje. Es fomentar el amor y la pasión por la sabiduría”.

Comparto la opinión de Suñé, como ya lo he manifestado recurrente y reiteradamente en este mismo espacio y en la cátedra, y me complace por ello que pudiera no haber sido en vano, pues sobre el tema ha Adán Eduardo Vázquez Flores, aquel alumno de Jurisprudencia, quien sin referirse a la conversación anterior –que, por lo demás, fue pública- produjo un texto en el que, seguramente a propósito de las recientes expresiones estudiantiles y las proclamas de algunos jóvenes en su seno, dice, entre otras cosas, que:

“Más que una revolución armada, es necesaria una revolución ideológica. Más que una pistola, se requiere una verdadera conciencia, una verdadera preparación. Que una pistola no sea el medio de alcanzar una verdadera revolución, que el conocimiento y una verdadera concientización y culturización sean los medios para lograr un verdadero avance. Es tan sencillo hablar de una revolución, de un movimiento armado... Pero, ¿Acaso no es más productivo que en lugar de acabar con las vidas de las personas, se realice una concientización de las mismas?”

El propio Adán clama por una educación realmente eficaz “que a la sociedad le permita ser verdaderamente consciente de su contexto actual”, una educación que es en realidad una urgencia. Con razón dice: “si antes de estar la sociedad en un debido nivel de conciencia, se realizara una revolución armada, ésta misma se encuentra en un grave riesgo de ser utilizada para alcanzar intereses particulares y mezquinos, que pudiesen derivar en un completo caos”.

Parece evidente la conclusión, pero a juzgar por los frutos del quehacer educativo hay que inferir que no lo es, cuando menos para quienes tienen capacidad de influir en el señalamiento de sus derroteros. Por eso hay que insistir: virtud cívica, en eso radica el secreto; pero no llega sola, hay que construirla y esa es tarea de todos.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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