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19Noviembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Hace 42 años se celebró por primera vez el Día Mundial de la Tierra, conmemoración que tenía como propósito crear conciencia de que la sobrepoblación, la contaminación, el calentamiento global y la depredación de la biodiversidad en el planeta se estaban convirtiendo en los cuatro jinetes del apocalipsis. 42 años después hemos fracasado.

En 1970 éramos 3,692 millones de personas. Hoy somos 7 mil millones y para el año 2045 llegaremos a nueve mil millones. Esta población demandará alimentos, agua, medicinas, vivienda, materias primas y energía. Solo para alimentar a toda esta gente los agricultores arrasarán los bosques y desviarán el agua para regar las superficies para cultivar los alimentos que necesitaremos. Esto se hará a un ritmo tan impresionante que muy pronto podríamos llegar al punto de degradación irreversible.

De acuerdo a los expertos, los tsunamis, erupciones volcánicas, inundaciones, sequías, heladas, deforestación, escasez de agua y hambre son en gran parte causa del calentamiento global. Se ha probado hasta el cansancio los efectos del bióxido de carbono y de otros contaminantes del aire que se acumulan en nuestra atmósfera formando una capa gruesa que atrapa el calor del sol y causa el calentamiento del planeta. Basados en la tendencia de los últimos 50 años, los científicos aseguran que para el año 2055 la tierra será 1.3°C más caliente. Si esto sucede entre un 20% y un 30% de las especies desaparecerán junto a grandes extensiones de bosques. Las sequías e inundaciones afectarían diferentes regiones del planeta, se extenderían los desiertos y se agravaría el derretimiento de los polos y los glaciares. Muchos Estados insulares desaparecerían y en África se incrementaría la temperatura en más de 3°C.  Hoy como hace 42 años el calentamiento global es una grave amenaza pero las acciones para evitarla o son escasas, insuficientes o simplemente no nos importan. Seguimos produciendo y quemando energía de la forma más arcaica posible.

Lo  mismo lhemos hecho a nuestra flora y fauna. El hombre, la más grave amenaza está causando su desaparición a una velocidad inusitada. La que podría considerarse como “normal” era tener una tasa de extinción de cerca de un millón de especies por año. Hoy día, la deforestación, la caza y la pesca causan la muerte de 100 millones de especies anualmente. Destruimos su hábitat, los mantenemos en cautiverio y los matamos para comerlos o por deporte. Esto ha provocado que 700 especies de animales están al borde de la extinción y 1,600 especies más esten amenazadas. Tan solo en los Estados Unidos todos los años ingresan 30 millones de animales de contrabando, un negocio que deja ganancias por alrededor de 4,000 millones. Mientras eso sucede, Juan Carlos de Borbón caza elefantes en Botsuana al mismo tiempo que encabeza en calidad de Presidente Honorario el Fondo para la vida salvaje capítulo España (World Wide Fund).

El daño que hacemos a nuestros bosques es igual de dramático. En todo el mundo se pierden anualmente alrededor de 14 millones de hectáreas de bosque, lo que reduce la capacidad de los pulmones del planeta, que pierde oxigenación. Para ejemplificar esta cifra, podríamos decir que el deterioro representa a perder todos los años un territorio similar en tamaño al de Inglaterra.

No hay mañana. Lo hemos hecho tan mal, que el futuro es sombrío y el agotamiento de nuestros recursos naturales y la degradación de nuestro medio ambiente es tan grave que pareciera que todas las plagas reveladas por Juan en el Apocalipsis dejaron de ser una historia bíblica y se han convertido en realidad. En solo 250 años, a partir de la revolución industrial y del actual sistema económico que produce sin ningún escrúpulo y obliga a consumir productos que antes no necesitábamos, hemos causado tal daño al planeta que estamos ante tal catástrofe que por primera vez la sobrevivencia de la raza humana está en peligro. Nos dirigimos hacia el abismo y tal parece que solo hasta que hayamos cortado el último árbol, secado el último río y matado el último animal, es que nos habremos dado cuenta que no nos podemos comer el dinero.


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