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19Noviembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

 

Ha concluido la semana que llamamos Santa. En ella se conmemora la Pasión de Cristo y concluye con su resurrección, lo que es motivo de gozo entre los cristianos, como lo fue entre los judíos, aunque por diferentes razones.

Los orígenes de la celebración pascual –que se pierden en la prehistoria- coinciden con aquella que llevaba a cabo el pueblo judío en el tiempo de transición entre la larga noche invernal y el renacimiento florido y glorioso de la primavera. Era el tiempo en que nacían los corderos y reverdecían los vegetales.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, la celebración de la Pascua se convirtió en la principal celebración del cristianismo, que para distinguirla de la celebración judía cambió la fecha a partir de 325, en el Primer Concilio de Nicea.

Marca el final de la cuaresma, que supuestamente es un periodo de penitencias, ayunos y sacrificios autoimpuestos para emular los padecimientos de Cristo y, en medio de ello, sublimar las potencias espirituales y elevar con ellas la oración.

Hoy, sin embargo, un mítico espectador extraterreno que contemplara al mundo en estos días se quedaría en ascuas para entender los peculiares ritos que se efectúan durante este periodo, particularmente en las playas y centros de diversión en los que, sin darse cita siquiera, miles de vacacionistas nacionales y extranjeros convierten tales emplazamientos en lugares de veneración a Baco y Afrodita, a juzgar por las imágenes de ellos que dejan ver los noticiarios y periódicos.

Incluso la tradición del cordero ha cedido su lugar a la de la coneja que esconde coloridos huevos de chocolate para que pasen los niños buenos ratos buscándolos y después comiéndoselos.

¿Qué tiene que ver todo eso con la Pascua de Resurrección? Las fiestas en las playas, rociadas con “cubas libres”, cerveza y tequilas, nada, como no sea aprovechar un asueto, como cualquier otro “puente” para dar rienda suelta a todas esas supuestamente gravísimas tensiones que la cotidianeidad provoca en la vida de tales “spring breakers”.

En cambio, la de la coneja es otra de esas tradiciones que desde la expansión cultural que ha conllevado la hegemonía económica –y aun política- de los Estados Unidos se han ido entremetiendo en la tradición judeo-cristiana, modificando los símbolos de cada una de sus épocas.

Primero el nombre ¿Por qué “Easter”? Porque, según los indicadores más confiables, ese nombre es una variante del “Astarté” que correspondía a la diosa fenicia de la fertilidad, siempre asociada con la primavera, a quien estaba dedicado el mes de abril.

¿Por qué una coneja? Porque, según parece más verosímil, desde una tradición nórdica llegó a los Estados Unidos la versión que conocemos, asociada a un animal prolífico como pocos, que siempre estuvo asociado a esa diosa, lo que de alguna manera –nada difícil de aceptar, conocida la movilidad de los fenicios debida a su actividad comercial- había llegado a los anglosajones, quienes ya en el siglo VIII daban tal nombre a la Pascua.

Lo del chocolate y los huevos –que también son símbolo de fertilidad, renacimiento y renuevo- se debe a los chocolateros europeos, que hicieron de la tradición un buen negocio.

Como quiera que sea, la vieja tradición del recogimiento se ha perdido y no estoy seguro de que haya sido para bien, pero me queda claro, al margen de cualquier mojigatería, que en nada contribuye al rescate de los valores perdidos el deplorable espectáculo que suelen representar en estos días los “spring breakers” de aquí, de allá o de acullá.

Lo ideal, ya lo sentenció Aristóteles, está en el justo medio, y lo dice el refrán sabio: ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.

A todos ustedes, gentiles lectores que en este asueto se han tomado la molestia de leer estas líneas, gracias por haberlo hecho y que tengan felices pascuas.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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