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21Agosto2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A partir de la expropiación, los mexicanos hemos construido una formidable industria petrolera nacional.

Fausto Alzati Araiza

A la memoria del general Lázaro Cárdenas del Río.

El petróleo siempre fue nuestro. Las capacidades y los medios necesarios para encontrarlo, extraerlo y procesarlo, no. Las reservas petroleras, al igual que todos los recursos minerales del subsuelo, los adquirimos al nacer como nación soberana. En México el petróleo siempre fue de la nación, del conjunto de personas que disfrutamos de la nacionalidad mexicana. Lo que, en cambio, no fue nuestro siempre es el complejo conjunto de capacidades operativas, técnicas, empresariales, comerciales y financieras necesarias para transformar el recurso natural, presente en el subsuelo, los “veneros del diablo”, en riqueza efectiva. Esas capacidades las adquirimos mediante la decisión adoptada por el entonces Presidente de la República, general Lázaro Cárdenas del Río, la noche del 18 de marzo de 1938, al nacionalizar, con el apoyo del país entero, los activos de las empresas extranjeras que tenían concesionada la explotación del patrimonio petrolero de México.

A partir de ahí, los mexicanos hemos construido una formidable industria petrolera nacional. Esa industria no se limita a Pemex, cuya sola existencia y el desarrollo que ha alcanzado como empresa petrolera totalmente integrada, cuyas capacidades van desde la exploración hasta la petroquímica, es una de las grandes hazañas históricas de la nación. La industria petrolera mexicana se compone también de las innumerables empresas privadas, de todos los tamaños y grados de complejidad, que prestan toda clase de apoyos y servicios a Pemex: desde el mantenimiento de ductos y oficinas hasta la informática y la logística. Esta industria se sustenta también en las capacidades desarrolladas por el Instituto Politécnico Nacional, la UNAM, y muchas otras instituciones de educación superior e investigación, para formar a los técnicos y profesionales que hacen funcionar a Pemex y a las empresas que son sus contratistas o concesionarias. Otros pilares son el Instituto Mexicano del Petróleo y la red de instituciones públicas y privadas de investigación que contribuyen a encontrar soluciones a los complejos problemas de la industria.

Pero, sin  duda, la columna vertebral de la industria petrolera mexicana son sus trabajadores y técnicos. Su acervo de capital humano e intelectual representa el activo más valioso, por su carácter reproducible y potencialmente inagotable, de que hoy dispone la nación mexicana para seguir aprovechando  su patrimonio petrolero, ese sí, no renovable. Por eso la relación de Pemex con el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, con los colegios de ingenieros y con la comunidad científica y tecnológica de México debe ser, por necesidad, armoniosa y fructífera.

Hoy, la coyuntura internacional obliga al mundo entero a localizar y desarrollar con prontitud nuevas fuentes de suministro de crudo. Esta coyuntura ofrece a México una singular oportunidad para iniciar su reposicionamiento estratégico como potencia energética en el contexto global. El pleno desarrollo de la industria petrolera mexicana no podrá ocurrir mientras no se encuentren las fórmulas y se construyan los consensos para liberarla de su principal limitación. Esa limitación formidable consiste en persistir en la decisión de mantener a Pemex como la única empresa petrolera totalmente integrada que, en el mundo entero, produce y procesa petróleo en un solo país. Ha llegado la hora de internacionalizar a Pemex, no de privatizarlo o de vender sus activos como chatarra, sino de encontrar las fórmulas que le permitan salir a producir petróleo más allá de las fronteras de México y desplegar así el potencial de su activo más valioso: su capital humano, sus trabajadores y técnicos. El futuro de Pemex es transformarse en una gran multin



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