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29Mayo2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

 

La razón de ser, la única que justifica la existencia de todo poder que quiera llamarse legítimo, es garantizar las libertades de los seres humanos que integran su base social. Si eso no se consigue en niveles apenas elementales, nada hay que le de sustento a la capacidad de gobernar.

Prevenir el delito, para que no ocurra, es elemental, como vital resulta separar a los delincuentes de la sociedad para impedir que continúen cometiendo sus fechorías al amparo de la incapacidad de quienes deben evitarlo.

Nuestro país pasa por una situación anómala que puede volverse endémica y el deterioro institucional es palpable: ya la gente, como reza el refrán, no cree en nada, especialmente cuando de “hacer justicia” se trata.

Hace unos días, en algún poblado del Estado de México se volvió a repetir la escena que ya se ha visto, cada vez con más indeseada frecuencia, del linchamiento popular de unos presuntos delincuentes que a la postre resultaron no serlo, según hasta ahora parece.

Algún medio televisivo proyectó una entrevista breve a dos mujeres lugareñas –una mayor, otra de edad media- quienes no reprobaron el hecho, aunque no participaron en él. La de menor edad, sin embargo, dijo –palabras más, palabras menos- que por un lado estaba mal, porque no era bueno hacerse justicia por propia mano, pero por otro estaba bien, porque “ya estaba bueno” de que los delincuentes se salieran casi siempre con la suya, con impunidad plena y muchas veces aun con la complacencia de quienes debieran evitar sus fechorías y perseguirlos.

Nuestra ciudad, que tan orgullosa ha sido siempre de su alto grado de civilidad, de su amable talante y hospitalaria disposición, se ha visto en las últimas semanas acosada, especialmente en las colonias y fraccionamientos situados al norte de ella, por delincuentes que, sin ningún coto, han actuado a sus anchas desmintiendo esa fama de Saltillo, que fue bien ganada pero que, sin duda alguna, ha venido a menos notoriamente.

Sus habitantes, la gente común que no tiene medios para protegerse por sí misma y que, además y por convicción, es respetuosa de las formas y normas, está cada vez más desprotegida, con el consiguiente efecto degradante en la calidad de su vida.

Hay problemas de nivel nacional que han repercutido en nuestro habitáculo, como era de temerse, pero eso no puede ser excusa para permitir que, al amparo de esa situación, se descuide la protección de los ciudadanos y sus familias, en su integridad personal, su patrimonio y derechos, que al final del camino se ven severamente limitados de manera ilícita.

En ese contexto, permitir que esos hechos ocurran es un incentivo para quienes los cometen, lo que es doblemente criminal cuando median la lenidad o, lo que sería peor, el contubernio de alguna autoridad, como podría sugerir la cadena de eventos que han ocurrido en ese sector de la ciudad y aquellos que culminaron con la extraña renuncia de algún funcionario municipal y las aprehensiones de otros, de los órdenes federal y local, por presunta participación en actividades delincuenciales.

¿Cómo limpiar la casa? Es necesario que, con ahínco verdadero, cada quien haga lo que debe hacer y sea responsable de sus actos u omisiones, para que se pueda contar con normas justas, expedidas y aplicadas por autoridades comprometidas con el interés general y no de partidos, grupos o facciones.

En caso contrario, se corre el riesgo de despertar al “México Bárbaro” que J. K. Turner describió en 1908, tal como ya prevenía don Jesús Reyes Heroles desde los lejanos tiempos en que fungió como Secretario de Gobernación. No demos cabida a que se emule a Fuenteovejuna por causa de la impunidad imperante.

Quienes deben prevenir, que de verdad prevengan y aquellos que hayan de combatir, que lo hagan con eficacia. Eso es indispensable para que los demás puedan vivir y desarrollarse con provecho, en beneficio propio y de la comunidad en que todos vivimos.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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