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25Abril2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015



A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

 

A las sopas, pipas, sindes, Dörings, “ACTA’s” y demás intentos de recuperar los espacios de control perdidos por los oligopolios de los “derechos autorales”, se sumó esta semana la decisión de twitter en el sentido de censurar, unilateralmente y sin previo aviso, los contenidos de los gorjeos que, a juicio de algún censor anónimo interno, vulneren las leyes o contravengan las “ideas” –así dice el comunicado”- de algunos países.

En cada caso se aduce una justificación distinta: la primera categoría de acciones invoca los derechos de autor y el combate a la piratería; Twitter, un sospechoso prurito por respetar, no sólo las leyes, sino también las ideas de “los países” (como si ellos, y no sus gobernantes, fueran los que tuvieran ideas).

La loable intención de estimular la creación artística y científica, se ve desvirtuada a poco que se profundice en el tema, porque quienes verdaderamente explotan los privilegios autorales no son los creadores, sino las corporaciones que de ellos, por diversas vías, han obtenido el derecho a explotar las obras. El aparente civismo mostrado por Twitter y su expresión de respeto a las leyes, por otra parte, deja de lado una verdadera colección de aberraciones jurídicas a su paso, que son del todo injustificables.

Frente a ambas posturas –fruto, quizás, de una sola tendencia- está la barrera de los derechos fundamentales, que en el ámbito del ciberespacio no deja de ser una quimera mientras no pueda construirse la estructura que permita reservar, equitativamente, los espacios de libertad que en medio del río revuelto suelen volverse inaccesibles o, en el mejor de los casos, reducidos e inestables.

Existe, hay que decirlo, un movimiento gestado en la dimensión iberoamericana de la globalidad, que liderado por el profesor Emilio Suñé, de la Universidad Complutense de Madrid, pugna por la adopción de una “Declaración de Derechos del Ciberespacio” (visible en www.ieid.org), que parte de una idea central: la dignidad “esencial e inviolable” de la persona humana requiere, INEXCUSABLEMENTE, del “libre acceso a la información, en condiciones de igualdad jurídica”, tanto formal como materialmente.

Como consecuencia de ello, el artículo 2 de la Declaración “reconoce el derecho de toda persona humana al libre acceso a la información y a las redes por las que circula”, con lo cual formula un planteamiento que no es ni desmesurado ni utópico, porque sólo enuncia una prerrogativa elemental en toda comunidad democrática.

Pero hay una cuestión adicional cuando de la redes sociales telemáticas se trata: ellas tienen lugar en el “ciberespacio”, que es por definición un ámbito meta territorial, que por lo tanto excede toda capacidad de acción legítima de los estados del mundo que pretendan limitar esa libertad.

 

A pesar de ello, asistimos a la manifestación del embate concertado en y desde centros de poder globales, que lo mismo contienden que se alían para satisfacer su inveterada pretensión de prevalecer y conservar sus privilegios, esta vez por la vía de mantener a Internet y a toda la sociedad global “sujeta los designios no de los pueblos, sino de una plutocracia global, apoyada por las burocracias e los Estados, de determinadas Organizaciones Internacionales y, sobre todo, de las grandes potencias”, según reza algún párrafo del “Preámbulo” de la declaración.

La vinculación que, con toda claridad expone con visión previsora ese preámbulo, es evidente en la pretensión implícita de las leyes y tratados que, curiosamente -¿por casualidad?- han proliferado en los últimos tiempos, y de alguna manera también en la dócil actitud de Twitter frente a los gobiernos de algunos países.

Signos son de los tiempos que vivimos y hasta me atrevo a pensar que no es el espectáculo que hoy observamos sino un tímido anticipo de los enfrentamientos y contubernios que habrán de darse en el futuro, a menos que, como propone Suñé, se establezcan barreras que definan y estructuren los ámbitos de las libertades esenciales de los seres humanos, conteniendo al poder –cualquiera que sea- de todo exceso, ciberespacial o no.




Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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