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15Diciembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015


‘Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable’
Eduardo Galeano

Por Elena Vega Cuéllar

Los libros nos forman, de ellos obtenemos una vasta gama de opiniones que ampliarán nuestro criterio y nos harán más sensibles y sabios, así que partiendo de esta premisa, quiero que me permitan platicarles de un libro que tras leer hace más de 10 años y releer ahora de manera electrónica hace algunos días, me trajo nuevamente esa sensación ya olvidada de que ojalá todo mundo pudiera leerlo.

Se trata de Las venas abiertas de América Latina, un texto sensible que habla de nuestra América de hace más de 30 años, allá por los 70, cuando fue escrito, pero que no pierde vigencia, que nos muestra un territorio sufriente por todos los que se han aprovechado de su gente y sus recursos. Una América Latina que a pesar de todas las desventuras que ha pasado, fue y sigue siendo cuna y origen de grandes héroes que han luchado y dado su vida por el bienestar de las mayorías, de esas mayorías violentadas por poderosas minorías.

Una América sangrante, pero sin doblegarse, es la que nos muestra Eduardo Galeano, este uruguayo universal que tanto ama nuestra América y que lo refleja en sus ensayos y cuentos. Las venas abiertas de América Latina es un texto que se mantiene vigente y nos enseña cuán real es esa máxima que dice que la historia es preciso no olvidarla para no volver a repetirla, que debemos aprender que los tiranos siempre serán tiranos y no olvidarlo jamás para no volver a ser engañados y martirizados por quienes pretenden que seamos sus esclavos de cualquier forma.

El texto en mención entra en la categoría de ensayo, puesto que combina la argumentación lógica de las ideas con las intervenciones subjetivas, y surge en él la conjunción entre diversos lenguajes o discursos.

Creo, sin temor a equivocarme, que este libro no pudo ser escrito por nadie más de la manera magistral en que este hombre de amplia visión y sensibilidad lo hizo. Galeano dejó en cada línea la sensibilidad y el corazón y, cómo no, si estaba hablando de su amada América Latina, esa que fue saqueada en la colonización casi hasta agotar sus vetas, sobre este tema habla en la primera parte, “Fiebre del oro, fiebre de la plata”. En “El rey azúcar y otros monarcas agrícolas”, Galeano nos habla de la explotación de los recursos naturales a manos de las grandes potencias en países como Brasil, Colombia, Ecuador, México. En el apartado “Las fuentes subterráneas del poder”, el también periodista, con esa sapiencia que le caracteriza, nos adentra a la cruenta explotación que sufrieron los países ricos en minerales y a lo que llegaban los nuevos dueños, ávidos de apropiarse de las riquezas de las tierras latinas. Luego, en “Historia de la muerte temprana”, Galeano trata cómo de una manera sutil, el imperialismo ha ido apoderándose de la capacidad de elección de los países latinoamericanos. En “La estructura contemporánea del despojo”, nos muestra una “moderna” explotación de la que son víctima la mayoría de los países, al estar supeditados a las grandes potencias mundiales.

Pero más allá de la descripción técnica que podamos hacer para recomendar este libro, está su rico contenido, que hasta se ha llegado a sugerir debería ser texto de cabecera en las escuelas de educación básica de los países latinoamericanos para, como dijimos líneas arriba, conocer la historia dura de nuestros países, esa historia que no debería repetirse y que algunas veces se disfraza de proceso evolutivo normal de cualquier país en vías de desarrollo. Es preciso conocer las atrocidades cometidas por los inquisidores, por los verdugos y dictadores de Chile, Argentina, Nicaragua, Perú, Panamá, y tantos países hermanos nuestros que han sangrado para poder disfrutar de la libertad que ahora viven, aunque las cicatrices siguen y se manifiestan en la frustración ciudadana por la desigualdad social, la corrupción, la inseguridad y la debilidad estatal, y son cicatrices que habrán de sanarse en su totalidad a su debido tiempo.



Elena Vega Cuellar

Psicóloga, me desempeño como consejera de empleo en la Subsecretaría del Trabajo

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