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17Agosto2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

FRENTE AL DESARROLLO DEL PAIS.

 

Hoy vivimos en un cambio social, tecnológico, cultural, económico, político acelerado y desequilibrado en cierto punto por la lucha del poder político. Las reglas del juego en las relaciones internacionales e intergubernamentales han cambiado vertiginosamente debido a la competitividad entre partidos y diversificaciones ideológicas, el tablero geopolítico ha sido violentamente transformado; los poderes y atribuciones políticas se arraigan en ciertas regiones y en el centro del país, lo cual nos hace vivir en comunidades aisladas políticamente dentro de nuestro enorme territorio, y en particular en Coahuila, avecinados con la frontera estadounidense y alejados del gran poder federal central, el cual nos tiene olvidados y castigados por envidias políticas.

 

Hoy México, y por ende Coahuila, se encuentra inmerso en una gran dinámica global, se transforma para el exterior principalmente como socio de Estados Unidos y Canadá; por ello nuestro partido tricolor se ocupa en dar ese paso del proceso de cambio político hacia una democracia y justicia social más plena y humana cercana a la gente, no solamente en términos electorales sino verdaderamente justa, real y en busca de una igualdad democrática, actualmente lastimada.

 

Es por ello que cabría hacernos algunas preguntas: ¿Qué necesitamos los mexicanos para desarrollar esa democracia política real?, ¿Es suficiente con la cultura reciente o es necesario desarrollar una diferente?, de ser así, ¿Qué tipo de cultura se requiere para lograrlo, cuáles elementos de nuestra tradición cultural rescataríamos, cuáles desecharíamos y qué elementos nuevos se agregarían? Y por último ¿Estarán las élites políticas y económicas dispuestas a ello?

 

Por lo anterior, basándome en la ideología tricolor, congruente y objetiva, pienso que la globalización manda en la sociedad como un capricho necesario o como una moda social en casi todo el mundo, especialmente en los países desarrollados poderosos y actuando bajo los consentimientos del mundo subdesarrollo, ávidos de que con la globalización aterrice el desarrollo universal económico, logrando esa modernidad ansiosamente esperada. Más que reprochar, se justifica este frenético deseo, pues el desarrollo, el rezago histórico, la pre-modernidad, comienzan a sumar un peso estructural cambiante y desequilibrado, tanto en lo social y político como en lo sicológico, derivando en un mundo prácticamente desarraigado, en ciertos lugares, del nacionalismo y sus raíces.

 

El nacionalismo incluso ya desde tiempo atrás es visto como el residuo del mundo de las sociedades tradicionales, mas no por parte de nuestro partido Revolucionario Institucional ni de nuestro Dirigente Nacional, los cuales contemplan plenamente el desarrollo como modernización social, tradicionalmente arraigado a nuestra madre patria y su hermosa historia de revolución y lucha social por el bien común.

 

Es preciso recordar que en el tricolor abunda la razón de ver al nacionalismo como un conjunto de identidades, que encuadran tanto en la economía y la cultura que son los principales promotores de libertad social y la democracia, y de la reconfiguración geopolítica del mundo, en movimientos que se antojan contradictorios  pero siempre complementarios: la globalización y la cultura tradicionalista de un país; el primero partiendo desde lo económico y el segundo desde las identidades étnico-culturales.

 

En este marco de cuestiones, México penetra al círculo globalizador, un poco titubeante, forzado por las circunstancias internacionales y el combustible ideológico de un grupo privilegiado, que toma decisiones a través del poder político y económico centralizado. Lo anterior sin importar la ideología política, como es el caso de Acción Nacional. Con esto no intento ni quiero decir que esté del todo mal el ingresar al proceso de globalización; pero lo que sí quiero mencionar es que verdaderamente requerimos urgentemente tener presente nuestra cultura, historia y raíces que plantaron nuestros antecesores revolucionarios y constructores de las grandes Instituciones sociales y políticas de nuestro México.

 

Los riesgos del modelo de Acción Nacional instalado en la derecha e inmerso en el capitalismo más recalcitrante lesionan fuertemente a estructuras con un nacionalismo patrimonial, de sólida cultura histórica y con un pasado pre colonial y bastante cimentado. Elementos que han servido de cohesión socio-política y por qué no decirlo, de sobrevivencia al Estado-Nación.

 

Hoy el país debe enfrentarse a este proceso globalizante auspiciado por las economías del primer mundo, que como imanes intentan la conjunción de regiones pseudo homogéneas. Pero, ¿cuál es el costo real, de la inserción mexicana a dicho modelo?, ¿qué afianzar para continuar siendo país homogéneo y fuerte ante los embistes “macdonalizantes” y desmembradores?

 

Ante lo anterior debemos rescatar fuertemente nuestras costumbres de unidad y solidaridad social desde lo más profundo de nuestro acervo cultural, no para “prendernos” tercamente de una prehistoria o de modelos conceptuales patriotas, sino encontrar el hilo propicio para tejer esa nueva red que urge a los mexicanos, permitiéndonos enfrentar la ola desintegradora, individualista y desculturizante, para conformar una sociedad abierta, con bases culturales claramente mexicanas que realcen las tradiciones regionales y locales, pero con una alta interacción de tolerancia, que regenere y amplíe el concepto de país hermano, noble, educado y culturizado, sin dejar de lado la globalización lógicamente, pero sí guiado por el ejemplo de un real federalismo, en que los ayuntamientos tengan mayor autonomía, en su actividad gestionadora, donde las políticas gubernamentales sean diseñadas dentro de la región y para la región centrándonos en abatir la pobreza, el rezago educativo y la marginación social por la que tanto lucha el tricolor.

 

La cultura nos ayuda a percibir el concepto de los valores, de la expresión cercana a la sensibilidad estética y del conocimiento estricto, que debe extenderse a esa otra cultura más participativa, comunicativa y de civilidad. Esa cultura que ve por los “climas culturales e inclusivos sociales”, un medio ambiente externo que influye en la eficiencia, productividad, flexibilidad, en una verdadera mentalidad de intercambio nacional; es decir, edificar un  medio cultural que permeé adecuadamente a los individuos con una cosmovisión de lo nuestro y lo no-nuestro, pero hacer ese medio cultural y redefinir el esquema de nación plural, donde las distintas fuerzas políticas de manera pertinaz convoquen a la sociedad para la enseñanza de una “cultura política de principios”, entendidos estos como aquellos comportamientos civilizatorios, de honestidad, respeto a los derechos humanos, legalidad, pluralidad, tolerancia y participación, en fin, democráticamente plenos; así y sólo así, el clima cultural y democrático nos hará alcanzar una nueva vida civil unida y de todos.

 

La cultura del nacionalismo revolucionario que el PRI crea en este país, indudablemente sirve y sirvió de mucho. Pudo aglutinar alrededor de su proyecto político común a casi toda una sociedad que se beneficia solidariamente y sectorialmente según sus necesidades. La corporativización cuasi-total de la misma estandarizó al individuo en una sociedad más igual y justa, creando una consciencia ciudadana, responsable y participativa; y donde el partido luchó contra el escepticismo y la desconfianza de la vida política, como consecuencia inevitable del retraimiento y la indiferencia de los ciudadanos y, por ende, de los electores.

 

La transición que vive el país obliga a pensar en una cultura ciudadana de la mayor ecuanimidad posible, donde cada quien (actores sociales, partidos, instituciones, universidades, empresas y las ONG), emprenda una “cruzada cultural” tal vez con la misma magnitud e intensidad con que Mao llevó a cabo la revolución cultural china, pero sin el ingrediente totalitario, que impulse el motor plural de la sociedad mexicana y permita terminar con el enmohecimiento cultural, síntoma de una sociedad tradicional por su inmovilismo autoritario y llena de incertidumbre , acelerando el paso en la construcción de una sociedad democrática en forma y fondo.

 

Hoy creemos que la cultura vía educación impartida a los niños ha crecido, pero falta una educación que desemboque la esencia cultural de un comportamiento más universal, a la vez que profundicemos en los valores propios y civiles. Necesitamos de una libertad amplia, un ámbito de justicia, pluralidad y tolerancia, con perspectiva de repensar el país a futuro, para tener una visión prospectiva y arribar a un México con la capacidad de aglutinar tradición, modernidad y progreso sin exclusiones.

 

Educar con un auto-conocimiento profundo “del ser mexicano” permitirá borrar un país lastimado que causa el derrotismo, como endemia socio-antropológica. Igualmente es preciso tener presente que la libertad es uno de los elementos indispensables para lograrlo, más aún cuando queremos llegar a ser la sociedad democrática. Bien lo menciona Nicolás Tenzer: “La ausencia de democracia implicaría el riesgo, no sólo de la disminución de las libertades, sino también el riesgo de perder la facultad de juzgar, la cual se desarrolla mediante el ejercicio cotidiano de la democracia. La pedagogía democrática es en sí misma una invitación al ejercicio de la libertad del espíritu”.

 

Desmitificar  esa vieja cultura, podría ser un proceso educativo calificado de pragmático o frívolo, pero alentaría la formación de nuevas generaciones abierta, participativa, crítica, tolerante y sana. Tenemos que enseñar bajo criterios de respeto, honestidad, amor a la naturaleza, decirles a los niños que las diferencias enriquecen a la sociedad, siempre y cuando se apliquen incluyentemente. Es preciso terminar con la educación rígida e inhibitoria, donde no se acepta la libertad y espontaneidad del individuo.

 

Para lograr lo que he expresado hasta aquí, el nuevo PRI ofrece no dejar fuera a los intelectuales y es inclusivo con toda la ciudadanía; a la empresa y todos los factores de la sociedad civil, las iglesias, al mismo Estado y a los políticos.

 

Los intelectuales, porque representan a los artífices de un “eco” plural, vía casi natural de la expresión cotidiana de la sociedad; vitales en la transición, en desanudar problemas. El intelectual es aquel que puede permitirse el lujo de ejercitar su propia paciencia y su propia agudeza para desatar los nudos.

Los intelectuales en este país, siempre han jugado un papel de hombres-guía o brújula de certeza, que pueden ir abriendo brecha a nuevos derroteros, pero apegados a una cultura distinta, abierta, participativa.

 

Hoy por hoy atravesamos por una nebulosa congestionada de incredulidad y apatía, pero también de un desgastado ánimo económico como social, y es donde nuestra cultura y tradición nos debe reivindicar su papel de colectividad, de grupo, dejándonos sentir vía elecciones, ONG y cuanto se harte de falta de justicia y solidaridad.

 

Hablar de transformaciones culturales en el sentido que lo hemos venido mencionando es hablar del nuevo PRI, y es el que tiene muchas y variadas implicaciones; que habla de educación y no es sólo refiriéndonos a la que se imparte en las aulas, sino aquella generada en los procesos de interacción, comunicación e información cotidianas; y es precisamente en esta última donde radican la mayor cantidad de trabas para lograr una modificación; sin embargo y aunque pueda sonar increíble, sentimos que en el rescate de la cultura de exaltación de la diversidad y heterogeneidad geográfica, política, social, religiosa e incluso económica, yace la fuerza cohesionadora para la formación de un país unido por sus diferencias y en el cual uno de los conductores comunicativos sean los intelectuales y líderes, en una primera etapa, y posteriormente los cauces de ampliarán y los conductos se multiplicarán.

 

Lograrlo no es fácil, es complejo y no existen recetas para ello, es preciso efectuar muchos esfuerzos colectivos en todos los ámbitos políticos, gubernamentales, institucionales, ciudadanos y generacionales. Los sacrificios estarán precisamente en esos esfuerzos y todos los implicados en ellos; que si se fracasa en los primeros intentos, no hay problema, continuaremos como lo dictan los principios sociales del PRI, la democracia y justicia social de nuestro partido, con la seguridad de que nació de todos los mexicanos; un partido que recupera y cobra su fuerza para crear libertad, unidad y bien común para todos.

 

Lic. Emmanuel Olache Valdés

Secretario de Políticas Públicas

Fundación Colosio Saltillo



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